Por Alberto Mordojovich
Cuando el gobierno anuncia planes de construcción de carreteras intenta resolver el problema del transporte público o cuando se preocupa, con razón, por nuestra falta de energía, hay conocimiento público suficiente para entender la importancia de estos temas. Han transcurrido décadas desde que hemos tomado conciencia que el desarrollo del país pasa por disponer de distintas infraestructuras básicas de calidad mínima en las que se apoya la economía y nuestro anhelo de desarrollo.
Sin embargo, los países deben proyectarse más allá de la sociedad industrial actual, dar pasos decisivos en tomar una posición de liderazgo en la nueva sociedad de la información. Lamentablemente, pocos ven el la necesidad de disponer de una infraestructura informática de calidad en Chile un objetivo primordial para ese desarrollo. Tal vez hay poco rédito político en ello o tal vez el Estado está atrapado por intereses privados contrarios al desarrollo de esta infraestructura.
El paso de telecomunicaciones centradas en la telefonía a múltiples servicios habilitados por la nueva red pública, o sea internet, ha ido más lento y conflictivo de lo que Chile merecía. Las carreteras de banda ancha son una necesidad insoslayable para un país que aspira al desarrollo. Esto, porque reduce los costos a todos los sectores de la economía, impulsa la educación que se necesitará en este siglo, no en el anterior, y abren el país a la globalización hasta el hogar mismo de los ciudadanos, entre otros beneficios.
¿Por qué, entonces, no hemos avanzado firme y resueltamente en resolver de una vez el problema de la banda ancha? Es mucho más barato tener banda ancha en todos los hogares chilenos que financiar el Transantiago o a EFE. Países como Japón, Corea y los del norte de Europa están ofreciendo ya servicios al hogar de 100 Mbps y hasta 1.000 Mbps a precios menores que los que pagamos en Chile por calidades muy inferiores. Así la brecha digital de Chile con respecto a esos países se acrecienta a pasos agigantados.
Por suerte ingresaremos pronto al OCDE, organismo al que pertenecen los países más desarrollados del mundo. Por fin podremos compararnos con los líderes. De esa forma, cuando aparezcan nuestras estadísticas en los reportes de esta organización en penetración, precio y calidad de banda ancha quedaremos en el último lugar entre los 30 países que lo componen. Pero ello ocurrirá recién en dos o tres años más, tiempo en el que seguiremos derrochando la oportunidad de ponernos al día.
Sí Chile posee 3.5 millones de pares de líneas telefónicas hábiles para dar acceso a internet, y si además hay más de un millón de hogares pasados por redes de televisión por cable que pueden tener banda ancha, ¿por qué sólo existen 1.2 millones de conexiones caras y de mala calidad? En internet de banda ancha tenemos una evidente falla de mercado, amparado en un Estado inoperante concentrado en los problemas de la sociedad de ayer sin visión ni proyecto de futuro.
Revista Informática Tecnología y Gestión, Dic 2007
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